Érase una vez un niño al que no le gustaba leer y sacaba muy malas notas cuando iba al colegio. Un día leyó un libro llamado "La historia interminable" y desde la primera página hasta la última, no fue capaz de dejarlo. Aprendió que la lectura era maravillosa y decidió que él sería tan buen escritor como Michael Ende, el autor de ese libro. Durante años escribió en su diario sus experiencias diarias porque, según su profesora de literatura, nadie nace sabiendo y si quería aprender a escribir, debía hacerlo desde esa edad, escribiendo todos los días cualquier cosa que le hubiera pasado.
Así lo hizo. Año tras año escribió su diario y cuando cumplió los diecinueve comenzó su primer libro. "Marcado por la magia". Al igual que su diario, fue fiel a escribir día tras día hasta que lo finalizó. No contento con eso, lo imprimió en su casa y le puso él mismo la portada con terciopelo.
Con el tiempo escribió dos continuaciones de ese libro y dejó de lado su afición a escribir para terminar sus estudios. De vez en cuando recuperaba los archivos de sus libros y los repasaba, los corregía y siempre detectaba el mismo fallo en cada uno de ellos: Eran emocionantes pero les faltaba algo, que alguien los leyera.
Entonces la fortuna hizo que leyera un libro de Paulo Coelho, uno titulado "A orillas del río piedra me senté y lloré" y descubrió que la lectura podía resultar refrescante como bañarse en el cauce de un río. No solo para descubrir experiencias nuevas sino para abrir la mente de las personas que leyeran esos libros. Otros como "Verónica decide morir" del mismo autor le descubrieron que se puede jugar con la psicología de la gente y llegar al corazón de las personas con ideas totalmente contrarias a la razón, con locuras que rozan lo escandaloso. Herramientas que pueden parecer incorrectas, en buenas manos se transforman en maravillas que hacen amar la vida.
Otro gran libro que le marcó para siempre fue "La prueba del Laberinto", un libro de Fernando Sánchez Dragó que le hizo replantearse lo que significa ser un buen escritor. Había leído historias alucinantes de Michael Ende, historias conmovedoras de Paulo Coelho pero nunca había leído un libro sobre las peripecias del autor para conseguir información para escribir otro libro, que finalmente nunca existió. Un libro que se dejaba leer y que enganchaba desde la primera frase, con una meta muy jugosa, y que al final descubrió que disfrutó de la carrera, pero no había meta.Hoy ese niño dice:
Si un día pudiera escribir como Fernando Sánchez Dragó, tan fluido y fácil de leer que hasta un niño al que no le gusta leer se enganche sin darse cuenta, supiera llegar al corazón de la gente por caminos prohibidos como Paulo Coelho y fuera capaz de contar aventuras increíbles como Michael Ende, llegaría a ser el mejor escritor del mundo.
Me pregunto si con "El asesino que escribía cartas de amor" lo habré conseguido. Seguramente no, pero al menos lo he intentado… y lo seguiré intentando con los próximos libros que escriba.
Antonio J. Fernández Del Campo
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